
Los modelos que definen lo que es un líder para el cambio son de tipo teórico-práctico, es decir, partiendo del estudio de aquellas escuelas que cambian y mejoran, se observan las cualidades de sus líderes y como el estudio de éstas es limitado, se definen a partir de ahí los perfiles de un buen líder.
Desde este punto de vista, no es solo que Paco Lara sea un buen líder sino que probablemente es, en sí mismo, un modelo a estudiar. El colegio Palomeras Bajas, es un ejemplo de cambio exitoso, no solo en su arranque que, como dice Juanjo responde a una situación política y social que afortunadamente ya no existe, sino por su sostenibilidad y adaptación a lo largo de muchos años. Y por supuesto es un ejemplo de liderazgo
distribuido. La prueba es que después de su marcha, el centro sigue su andadura permaneciendo fiel a los principios que alumbraron el cambio hacia el éxito.
La cuestión es si, como en el caso de Palomeras Bajas, el liderazgo se comparte desde el principio, es decir, el cambio se inicia con un grupo de personas todas de acuerdo en compartir al cien por cien la responsabilidad, o si es algo que hay que fomentar: no en todas las escuelas existe dentro de su cultura el acuerdo de trabajar de forma asamblearia. Y entonces, sí se necesita un líder que marque el camino y dé los primeros pasos. Murillo (2006) nos recuerda que “la primera función de una dirección para el cambio es reconocer, valorar, desarrollar y potenciar ese liderazgo múltiple” y que “ello no significa que la dirección desaparezca o se diluya, sino que se reconceptualiza, se reformula desde su esencia” y más adelante, “los primeros que han de dar ese paso son los directores y directoras”
.
Otra cuestión a resaltar es que en el relato de Paco Lara se reconocen los rasgos de esas escuelas que “van por libre”, ese tanto por ciento pequeño pero necesario de escuelas que hacen lo que quieren y tienen éxito. En ese sentido, el recuerdo del trabajo asambleario y la autogestión, tan de moda en mis inicios como profesora son un verdadero soplo de aire fresco, y parece mentira que resulte novedoso después de tantos años y tantos cambios. Reconociendo que será imposible llevarlo a cabo en muchos de nuestros centros, es una aportación valiosísima: si se quiere, se pueden hacer cosas increíbles, incluso fuera de la norma, y por poca autonomía que en teoría se tenga.
No quiero terminar esta entrada sin hacer referencia a otras cuestiones:
1. La sostenibilidad: En el artículo de Murillo se nos indica que modelo de liderazgo sostenible de Hargreaves y Fink no parece que vaya a perdurar. Sin embargo es muy sugestivo: uno de los mayores méritos del liderazgo que encarna Paco Lara es, desde mi punto de vista, haber hecho sostenible una escuela que cambia siempre a mejor, con un estilo diferenciado que satisface a todos sus miembros.
2. Las personas: Para conseguir un liderazgo distribuido se necesita un director o directora preocupado por todos, que esté en permanente contacto con los alumnos, los profesores, las familias y el trabajo
en las aulas. El elemento humano y las relaciones afectivas cobran una relevancia que a veces se diluye en la preocupación por la eficacia y las tareas. Citando una vez más la lectura recomendada: …”se refuerza la idea de que la dirección tiene como máxima prioridad las personas, no los papeles ni
las tareas”
3. El buen humor: Las buenas relaciones son el elemento básico para todo lo demás. Me parece muy interesante la relación que establece Murillo entre estas buenas relaciones y el buen humor. No se trata solo de llevarse bien o de respetarse, sino que las escuelas que mejoran respiran buen ambiente y buen humor. Y parece ser que éste debe ser generado también “como máxima obligación” por el director o directora. En este momento el buen humor es una de las graves carencias de muchos de nuestros centros, cuyos profesores solo ven problemas y amenazas desde la administración a las familias pasando naturalmente por los alumnos. He aquí una buena meta a través de la cual acercarse a la utopía que nos propone J. Murillo

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